El marqués de Santillana. Imágenes y letras.

El marqués de Santillana. Imágenes y letras. Exposición del 5 de octubre de 2022 al 8 de enero de 2023

Entrada gratuita y libre hasta completar aforo. Se recomienda reserva de entradas. Visitas para grupos con guía propio o visita de grupos con guía de la BNE: del 8 de noviembre al 22 de diciembre. Martes y jueves a las 11h.

Horario

De lunes a viernes, de 09:30 a 20:00 h.
Sábados, de 9:30 a 14:00 h.
Domingos y festivos cerrado.

Calendario de horarios especiales y días de cierre

Lugar

Antesala del Salón de Lectura María Moliner

Aforo: 15 personas. Reservas visitas individuales: 10

FUENTE: BNE Agenda de eventos y actividades

Esta exposición será complementaria y paralela a la que con el mismo título se inaugurará en el Museo del Prado en torno al Retablo de los Gozos de Santa María de Jorge Inglés.

Don Íñigo López de Mendoza (Carrión de los Condes, Palencia, 1398 – Guadalajara, 1458) representa el paradigma de noble castellano poderoso y culto, a caballo entre la Edad Media y el Renacimiento. Sus dos grandes pasiones fueron las armas y las letras, tal y como él mismo dejó escrito en sus Proverbios: “La sçiençia non embota el fierro de la lança ni faze floxa la espada en la mano del caballero”.

Involucrado a fondo en la compleja política de la primera mitad del siglo XV, participó en numerosas batallas, algunas de las cuales le valieron el reconocimiento del rey Juan II de Castilla, que le concedió en 1445 el marquesado de Santillana, además de otros muchos señoríos. Pero su activa vida política y militar no le impidió dedicarse también con gran aprovechamiento la lectura y a la escritura.

Al igual que otros grandes de su época, como Enrique de Villena, el conde de Haro, el conde de Benavente y el propio rey Juan II, quiso rodearse de buenos y bellos libros (todos ellos manuscritos, ya que murió antes de que se difundieran los primeros productos de la imprenta). La bibliofilia de los nobles, relativamente infrecuente en una época en la que los libros eran todavía patrimonio casi exclusivo de los eclesiásticos, se empezaba a considerar un signo de riqueza, distinción y modernidad, y otorgaba un prestigio especial a quienes la practicaban. Con este ánimo, nuestro personaje fue formando en su palacio de Guadalajara la que llegaría a ser la biblioteca peninsular seglar más rica de la época, según testimonios de sus contemporáneos.

Para ello se relacionó con una pléyade de escritores y eruditos que ejercieron como prescriptores de las obras a comprar. Frecuentaban su círculo notables literatos como Enrique de Villena, Juan de Mena, su tío Fernán Pérez de Guzmán, o su sobrino Gómez Manrique. Y también mantuvo estrecho contacto con personajes castellanos que por sus estancias en Italia tuvieron el privilegio de conocer directamente a humanistas de primera fila. Es el caso del obispo de Burgos Alonso de Cartagena, del mecenas y bibliófilo cordobés Nuño de Guzmán, y de su pariente y amigo Íñigo (o Enyego) López Dávalos, camarlengo del duque de Milán y de Alfonso el Magnánimo.

De esta forma, el Marqués consiguió hacerse con lo más selecto y avanzado del saber de la época. Junto a obras procedentes del ámbito hispano (tanto en castellano como en aragonés y en catalán) representativas del pensamiento religioso, la literatura y la historia bajomedieval, atesoró otras francesas y sobre todo numerosos frutos de la actividad humanística llegados de Italia: clásicos griegos y latinos, y modernos autores italianos. Pero, siguiendo la línea del llamado “humanismo vernáculo” en el que se movían los nobles castellanos, el Marqués prefería leerlos en su lengua: no se manejaba con soltura en latín y aunque conocía bien el italiano, el catalán y el francés, le gustaba en cualquier caso contar con buenas traducciones al castellano.

Por ello, además de adquirir copias ya existentes y encargar otras al librero y humanista florentino Vespasiano da Bisticci, don Íñigo quiso disponer de un scriptorium propio en el que mandó traducir, copiar e iluminar especialmente para él las obras que más le interesaban. En esas tareas participaron diferentes letrados adscritos a su casa, muchos de ellos judeoconversos. Además, para decorar sus manuscritos contó con artistas de la escuela del maestro Jorge Inglés, introductor del arte flamenco en Castilla.

Don Íñigo dedicaba muchas horas a la lectura de estos libros, que le proporcionaron un sólido bagaje cultural a la hora de escribir sus propias obras, en verso y en prosa. El Marqués, gracias al poso que le dejaron estas lecturas – sobre todo las de los clásicos y las de los humanistas italianos – consiguió forjar una obra literaria que está considerada, junto con las de Juan de Mena y Jorge Manrique, como una de las cumbres del prerrenacimiento castellano.

No sabemos cuántos ejemplares llegó a poseer, pues desgraciadamente en su testamento ordenó que todos ellos fueran vendidos para saldar deudas y para obras piadosas, excepto 100 o 120 que deberían escoger sus herederos. Pero los libros que han sobrevivido son indudablemente un tesoro, tanto por los textos como por la iluminación. La mayoría están ornamentados con iniciales decoradas y bellas orlas en las que aparece su escudo de armas y las divisas “Ave María” y “Dios e vos”, y algunos de ellos están encuadernados en cordobán de gran calidad con decoración mudéjar y los yelmos de su emblema.

En esta muestra se exhibirán once de los manuscritos más notables de su biblioteca, algunos de ellos cerrados, para poder contemplar sus encuadernaciones. La tradición hispana estará representada por obras como la del sabio judeoespañol Maimónides, la Grande e General Estoria de Alfonso X el Sabio, la Historia Gothica de Rodrigo Jiménez de Rada, “el Toledano”, la tercera parte de la Crónica de España encargada por el aragonés Fernández de Heredia, o la Natura angélica del franciscano catalán Eiximenis, que llegó a ser casi un “best-seller” de la época. Se podrá ver asimismo una obra francesa también muy difundida por la Europa meridional, el Arbre des batailles de Honoré Bovet. Y del humanismo y el arte italiano darán cuenta tres preciosos códices florentinos: dos obras de Petrarca y Boccaccio, y la traducción al toscano de las obras de Cicerón.

Finalmente expondremos también tres obras literarias del Marqués en copias del siglo XV que, aunque no proceden propiamente de su biblioteca, consideramos que pueden dar una idea de otros ejemplares hoy perdidos que sí formarían parte de la misma: el Diálogo de Bías contra Fortuna, el llamado Cancionero de Barrantes, que contiene 12 composiciones de su autoría y el dezir narrativo El infierno de amor que se halla dentro del bellísimo códice del Cancionero de Stúñiga.

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