Editores, libreros e impresores en el umbral del Nuevo Régimen

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Manuel Morán Orti. Editores, libreros e impresores en el umbral del Nuevo Régimen. Madrid : Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2011. 101 p.(Serie 23 de Abril). eISBN: 978-84-00-09301-3
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El libro se centra en el periodo final del siglo XVIII donde se da “una situación de equilibrio más o menos estático entre formas artesanales de producción y comercialización de papeles impresos, y su recepción efectiva en círculos reducidos de lectores.” Tratando la edición española y especialmente la de Madrid, Manuel Morán nos lleva a una Villa y Corte donde convivían unas 125 familias de libreros con 80 puntos de venta aproximadamente, y cerca de 500 impresores trabajando en 28 establecimientos tipográficos. Por aquel entonces, aunque los editores privados concentraban la mayor parte de la iniciativa editorial, eran los impresores los que adelantaban el capital para realizar las ediciones.

En la medida de sus posibilidades económicas, los libreros eran también editores, hay constancia de decenas de libreros que solicitaron licencias de impresión (un indicio para la identificación del editor) a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Así, los libreros acaudalados actuaban de editores, libreros e impresores. Si bien la adquisición de una imprenta tradicional estaba fuera de una renta normal para la época -sin ser una inversión desmesurada-, los alquileres no eran muy caros salvo en zonas muy céntricas, lo que derivaba en que los impresores se mudaran con frecuencia a la periferia y solo cuando vendían los libros en el mismo local buscaban ubicaciones más céntricas.


FUENTE: http://elpolemista.blogspot.com

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Manual de paleografía de los siglos XVI, XVII y XVIII

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“Es fundamental que las nuevas generaciones conozcan la paleografía (técnica para leer y transcribir textos antiguos) para que realicen investigaciones de primera mano, basadas en los numerosos archivos existentes en el país”, afirmó Isabel González Sánchez, quien trabaja en la elaboración de un manual en la materia.

La paleografía es una técnica que requiere de práctica, y antes de intentar leer un manuscrito se debe dibujar para identificar las letras y poco a poco empezar a descifrar lo escrito. La experta de la Dirección de Estudios Históricos (DEH) refirió que para aprender paleografía se requiere de paciencia, porque muchas veces, cuando una persona se acerca por primera vez a los documentos del siglo XVII y anteriores, no reconoce el tipo de letra y arguye que el texto está al revés porque se le dificulta comprender, de ahí la importancia del libro que elabora.

El manual, que lleva 60 por ciento de avance, será el primero que publique el INAH sobre paleografía, y contendrá la metodología para leer y transcribir escritos de los siglos XVI, XVII y XVIII, época en la cual se ha especializado Isabel González Sánchez, quien recientemente fue reconocida por la institución por sus 55 años de trabajo.

El volumen describirá las dos formas de transcribir un texto antiguo: la forma literal, es decir, pasarlo tal como está escrito, sin omitir ni cambiar nada, y la moderna, a la cual se le agregan signos de puntuación y se usa generalmente para publicar documentos.

De acuerdo con la especialista, antes de empezar con la lectura y transcripción de un texto antiguo, se debe tomar en cuenta una serie de factores, entre ellos numerar progresivamente cada renglón que contiene la hoja u hojas del manuscrito e identificar sus elementos. En los textos del pasado se acostumbraba colocar líneas diagonales o la rúbrica del escribano en el espacio en blanco, ubicado en el margen superior de la hoja, con lo cual se indicaba que en ese sitio no se debía escribir nada. En el margen izquierdo aparecía el calderón (cuyo símbolo es √), a fin de señalar dónde iniciaba el renglón para hacer la transcripción correspondiente, porque en ocasiones las hojas estaban muy llenas. En el margen superior izquierdo se aprecia el brevete, pequeño resumen de dos a cinco renglones que explica de qué trata el tema o en su caso todo el expediente, pero sólo aparece al inicio del documento.

Durante los siglos XVI, XVII y XVIII, en paleografía no se usaban los dos puntos, sino una línea que llena todo el espacio que sobra del renglón, y eso indicaba dos puntos y aparte. Al final de la hoja, si quedaba espacio, se colocaba una S, una línea y otra S para referirse a la terminación del texto de esa foja y que no se debía agregar nada más. Todos estos datos se deben tomar en cuenta al momento de la transcripción, puntualizó la historiadora. Dicha traslación se debe hacer tal como está el documento original, reiteró; sin embargo, para una versión moderna se permite agregar puntuación, signos de interrogación y admiración, así como sangría, pero en ninguno de los dos casos se deben cambiar los nombres de los pueblos, ni los nombres propios ni de las plantas medicinales.


La caligrafía 

Isabel González señaló que la caligrafía se modificó al paso de las centurias. En el siglo XVI se utilizaba la letra cortesana, muy redonda y fácil de leer, pero su dificultad residía en las abreviaturas. En el mismo siglo surgió la procesal, que no es fácil de entender; a pesar de tener un tamaño grande, se extiende mucho hacia la derecha con abreviaturas complejas.

En el siglo XVII se usó la escritura procesal encadenada, que parece un hilo que va unido y es difícil de leer. En el siglo XVIII surgió la humanística, muy sencilla de comprender, pero lo arduo siguieron siendo las abreviaturas de la despedida.

Hace un par de meses, la maestra Isabel González Sánchez impartió el 6° Curso de Paleografía, siglos XVI, XVII y XVIII, en la Dirección de Estudios Históricos del INAH, en la que los participantes conocieron la forma de realizar transcripciones literales y modernizadas de textos, como “Las formas de tratar las enfermedades a través de la astrología en la Nueva España del siglo XVII”; “Pago de limosnas para misas para aplicar por las benditas ánimas del purgatorio”, Colegio San Fernando de México, 1765, y “Las obligaciones de dos poblados para respetar tierras señaladas para la siembra de maíz”, así como de correspondencias.

La experta también elabora un glosario de términos antiguos que hoy están en desuso, del cual ya tiene 600 hojas.


A lo largo de más de cinco décadas de trabajo en el INAH, la maestra Isabel González ha publicado las investigaciones: Haciendas y ranchos de Tlaxcala en 1712; Los trabajadores alquilados de Tlaxcala para las haciendas foráneas. Siglo XVIII y Haciendas, tumultos y trabajadores en las haciendas de Puebla-Tlaxcala, 1778-1798, entre otros.