La censura en Universidad de Salamanca: de Cachupín al Franquismo

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Artículo aparecido en La Vanguardia (06/10/2018). Óscar R. Ventana

Los tesoros que alberga la Biblioteca Histórica de la Universidad de Salamanca amparan cada año múltiples investigaciones y curiosas consultas que, en ocasiones, se topan con el rastro de la censura en sus diferentes formas: desde sutiles y artesanas tachaduras cubiertas con papel y pegamento hasta toscos arrancamientos de páginas.

Francisco Cachupín, trabajador de la Universidad de Salamanca a mediados del siglo XVII y con la encomienda de censurar todo lo que quedara al margen de la doctrina de la Iglesia Vaticana, se ha convertido en uno de los personajes más llamativos de las visitas al ‘santuario’ bibliográfico de la institución académica salmantina que este año conmemora su Octavo Centenario.  “Me da mucho juego su nombre…”, reconoce Eduardo Hernández sobre Cachupín, convencido de que el censor se limitó a cumplir con lo que le marcaba la Inquisición en los sucesivos índices.

Fue en 1640 cuando Cachupín puso su firma en uno de los libros de astronomía que probaron su evolucionado método censor: primero, con el material recién llegado, tachón y cobertura de papel pegado; después, ya sin papel, sistemáticos tachones en forma de círculo; y finalmente, ya sin tinta con la que emborronar el conocimiento, decenas de páginas cortadas sin reparo. “Empieza con mucho detalle, tachando y pegando papel encima y luego se va quedando sin material y te encuentras con una página completamente emborronada”, ha explicado Hernández, convencido de que este hombre era una especie de “Pepe Isbert en ‘El verdugo'”, en el sentido de que era “todo un profesional”: “si hay que ejecutar la pena vamos a hacerlo profesionalmente y no chapuceramente”, ha bromeado.

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Con esta anécdota, que incluye en el relato de algunas de las visitas a la Biblioteca, Hernández trata de explicar que el margen de los integrantes de la Comisión del Santo Oficio en la Universidad era limitado y seguía la línea institucional marcada, ya que una entidad pública en esa época “tenía que estar a bien con la Inquisición”. El bibliotecario ha reconocido que es común entre los visitantes de este espacio preguntarse por los motivos que llevaron a la Inquisición, y a Cachupín en concreto, a aplicar la censura a esta y otras obras. En aquel momento la censura actuaba cuando los dogmas y las bases doctrinales de la Iglesia Católica se veían comprometidas, aún influida por la carga teológica del Concilio de Trento. En opinión de Hernández fue tras este encuentro religioso cuando la censura fue “más dura” y esto se ve reflejado en libros como el censurado por Cachupín sobre astronomía: “para entender un eclipse hay que partir de la base de que la Tierra no es el centro del Universo…si no, no se entiende”, ha detallado. Sin embargo, la teoría de los vasos comunicantes también funcionó en materia de censura, con casos como los libros de Copérnico, que fue considerado inicialmente como una “lectura fundamental” para la Iglesia Católica a pesar de que pudiera pensarse lo contrario, pero lo fue porque Lutero y su reforma Protestante se posicionó en contra de sus teorías. “Esto a la Iglesia le va a hacer mucha gracia”, ha resumido Hernández.

Pero en siglos posteriores también la censura dejó su rastro en la Biblioteca Histórica de la Universidad de Salamanca, y algunos de los más evidentes, en los lomos de algunos ejemplares de Rousseau o Voltaire, en plena Dictadura Franquista.

Si algún curioso pregunta por estos casos, Eduardo Hernández tiene localizados en una de las esquinas de la histórica estancia varios ejemplares en los que puede apreciarse una especie de medialuna pegada en el lomo que alerta de la ‘potencial peligrosidad’ de la edición.

Han sido algunos compañeros bibliotecarios los que han relatado en primera persona a Hernández cómo actuaba la censura franquista en estos casos. “El bibliotecario tenía que avisar al director si un estudiante o profesor pedía alguno de esos ejemplares marcados. Eran llamados a capilla para indagar sobre el motivo que les había llevado a interesarse por esa lectura”, ha desgranado. “Fueron las ideas revolucionarias del Siglo XVIII las que, por lo visto, ponían nervioso al Franquismo”, ha recordado el bibliotecario, para quien la visión “paternalista” que todas las censuras tienen llevaba a sus antiguos compañeros a tener que recomendar otros volúmenes más ‘adecuados’.

“De la censura no nos vamos a librar nunca, porque es una cuestión del control de la información que siempre quiere el poder…es un rasgo del ser humano”, ha teorizado Hernández, para quien resulta complicado meterse en las “mentes perversas” de quienes a lo largo de la historia han ejercido esta limitación.

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