IN MEMORIAM. GREGORIO HINOJO, MAESTRO DE LATÍN EN EL ESTUDIO SALMANTINO.

 Por Margarita Becedas. Directora de la Biblioteca General Histórica.

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Inesperadamente se nos ha ido Gregorio Hinojo Andrés, hombre bueno, sabio y ameno, maestro de generaciones de filólogos clásicos e hispánicos, erudito del latín clásico y tardío (“Latín vulgar” se llamaba una optativa de tercero de Filología Hispánica en el lejanísimo curso 1979-1980).

Otros glosarán su trayectoria académica, que se puede encontrar fácilmente. Ahora solo quiero poner de manifiesto mi inmensa tristeza.

Huyendo de clásicos, ahí va un poema de uno de los cantautores jóvenes españoles más reconocidos, Rafa Pons (Barcelona 1978). Desde luego no lo compuso pensando en Goyo, pero es igual. Nos vale.

Cuando se nos mueran los maestros

Cuando se nos mueran los maestros
tendremos que aprender a seguir aprendiendo.
Habrá que superar el miedo a las alturas,
tratar de no ser su caricatura.

Cuando se nos mueran los maestros
habrá que administrar el grano en el invierno,
fingir que no sabemos las respuestas,
dormirnos sin dejar la puerta abierta.

Habrá que terminar lo que empezaron,
quizás que perdonar lo que fallaron.
Calmarnos para ver algún rasgo en los ojos
que puede que tal vez quede en nosotros.

Cuando se nos mueran los maestros,
nos tocará inventar nuevas reglas del juego,
equilibrar la fuerza y el cariño,
envejecer para sentirnos niños.

 

Los investigadores cuentan…

En “Los investigadores cuentan…” queremos dar voz a los usuarios de la Biblioteca Histórica de la Universidad de Salamanca a través de un pequeño texto en el que nos  hablen un poco de su investigación, de los fondos que consultan o alguna pequeña anécdota.

Jesús Málaga Guerrero (Abadía, Cáceres, 1945): médico, profesor de Universidad y político. Alcalde de Salamanca durante el período 1979-1987. Posteriormente, en la década de 2000 fue subdelegado del Gobierno en la provincia de Salamanca durante los gobiernos del PSOE.

Obras publicadas (recogidas en Dialnet)

Jesús Málaga Guerrero. 

Libertad para las gallinas (23/4/1904)

Nunca pensé que iba a ser tan apasionante. Después de jubilarme me propuse dedicar los años de mi retiro a escribir sobre Salamanca. Cinco libros han visto la luz desde entonces, cuatro dedicados a la ciudad y uno a Morille, el pueblo donde mi familia vive en verano. Después de la salida a la calle de Rincones de la Historia Salmantina, en 2016, comencé a preparar La vida cotidiana en la Salamanca del siglo XX. Para prepararlo, me encaminé a la Biblioteca de la Universidad de Salamanca, donde había estudiado los seis años de mi carrera de medicina. Desde el principio me sentí acogido, como en casa. Comencé una mañana del otoño de 2016 y desde entonces he dedicado tres o cuatro horas al día a buscar en los periódicos y otros textos como vivían y vivíamos en el siglo que terminamos hace ya 16 años.

De repente, con el uso de la hemeroteca, pude imaginar nuestra ciudad, Salamanca, a la que hemos mitificado, pero que a principios del siglo XX era un gran poblacho rural con edificios maravillosos situados en unas calles embarradas, sin agua ni alcantarillado, y con la mayoría de las viviendas en ruina o con deficiencias de consolidación graves.

Día a día fui descubriendo los sufrimientos de la mayoría de los salmantinos que tenían que sobrevivir en la pobreza más extrema y para los que la subida de unos céntimos en el precio del pan suponía la imposibilidad de llevarse un mendrugo a la boca. Una ciudad que asumía como el resto de España la pérdida de las últimas colonias de su imperio: Cuba, Filipinas y Puerto Rico. Unos padres que para dar de comer a sus hijos tenían que recurrir a criar animales domésticos que pudieran aportar alguna proteína a la dieta diaria.

Pero junto a la miseria a veces aparecían salidas creativas y de humor, era la venganza de una población desesperada ante tanta desgracia. Las gallinas estaban sueltas durante el día y se las podía ver incluso por las calles más céntricas de la ciudad. El Ayuntamiento había aprobado unas ordenanzas que mandaba guardar el ganado dentro de los corrales que cada casa tenía en la trasera de la vivienda. Los reglamentos municipales no se respetaban, pero un alcalde de principios de siglo se le ocurrió ponerse rígido y mandó a la Policía Municipal que hiciere cumplir lo ordenado. Las mujeres suplicaron una y otra vez, fueron a ver eimplorar al edil (El Adelanto, 23 de abril de 1904). Ante la intransigencia del regidor se manifestaron en la Plaza Mayor, junto al Consistorio. Una pancarta en cabecera mostraba con claridad el descontento, con grandes letras decía: “Libertad para las gallinas”.

Jesús Málaga Guerrero.

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